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La Señorita Afrodita,
Se desconecta....
Nos vemos en un tiempo
aun no se que tanto sea
espero no sea mucho
solo voy a renovar uas cosas, fijo no me demoro mucho...
Afrodita, la diosa del amor y la belleza para los griegos. También simboliza la pasión desencadenada que destruye las uniones legítimas e incita a los mortales a toda clase de voluptuosidades y vicios. Sus atribuciones son los secretos de las doncellas, las sonrisas, los engaños, el placer, el amor y la dulzura.
Hoy es uno de esos días en los que uno desearía desaparecer del mapa, hacerse invisible. Pero no para siempre, sólo para pasar desapercibido, sólo para dejar de estar ahí, sólo para tomarse un respiro, para dejar de sentir.
Porque hoy es uno de esos días en los que uno se levanta por la mañana y siente que algo no marcha bien pero no distingue el qué. Es como si todo se hubiera conjugado en tu contra, aunque en realidad sabes que no pasa ni pasará nada fuera de lo normal, que esa sensación no es premonitoria de un desastre.
Es una sensación que te acompaña vayas dónde vayas. Hagas lo que hagas, te pongas como te pongas, ahí está ella, pegada como una sanguijuela que te chupa la calma.
Y que a veces consigas perderla, cómo a veces consigues perder a tu sombra, no te ayuda a recuperar la paz. Sabes que ese instante de cordura nunca dura más que unos segundos. Sabes que tras un rápido destello, que percibes a modo de chirrido, tus pensamientos derivarán de nuevo hacia esa sensación de agobio que te embargará, otra vez, acelerando los latidos de tu corazón, hasta tal punto que sientes deseos de gritar y salir corriendo, con el convencimiento de que eso será suficiente para devolverte la paz.
Pero por algún motivo nunca lo haces, siempre decides quedarte quieto y recrearte en ese sentimiento angustioso. Porque en el fondo temes que si inicias la carrera ya no haya posibilidad de retorno y eso también te asusta. Es la seguridad de las sensaciones conocidas.
Así que, ahí estás tú, al borde de un ataque, mirando a tu alrededor, con ojos desorbitados, esperando captar alguna mirada, algún signo del exterior que te sirva para confirmar que lo tuyo no es una paranoia, si no una sensación real.
Pero nada sucede, todo transcurre como otras veces. Las paredes de blanco acolchado siguen dónde siempre. Las paredes que evitan que los locos como tú y como yo iniciemos nuestra carrera hacia la cordura.
Al fondo, por una ventana, espiando, aquellos que dicen llamarse cuerdos.